Pali Aike: El desconocido parque que sufre con la matanza ilegal de pumas

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Cazadores argentinos y nacionales aprovechan el poco control en el Pali Aike para salir con botines preciados. En la zona abundan, además del gran felino, guanacos, zorros, ñandúes, chingues y armadillos. A continuación, una historia de salvajismo humano.

Tres cadáveres de pumas despellejados cuelgan del cerco de alambre púa que separa Argentina de Chile. Al lado, una escopeta y un rifle descansan con el olor a pólvora que aún emana de sus bocas. Frente a frente se miran dos cazadores con acento y un guardaparques chileno.

– Che, cuál es el problema, los tenemos aquí porque no hay otro lugar
. Ya nos vamos y todo tranqui.
– Saben que los cazaron a este lado los muy conchasdesumadre.
– Tranquilo amigo, estamos en nuestro país…

La discusión continúa por unos minutos más y, como cada vez que esto ocurre, los cazadores caminan impunes con los cadáveres de pumas y zorros arrastrados por alambres y las pieles en bolsos.
En territorio argentino la caza del felino no está penada y el Parque Nacional Pali Aike se convierte en un paraíso para la práctica, debido a la gran presencia de mamíferos y a la facilidad que hay para cruzar de un lado a otro. Literalmente un simple saltito deja a los trasandinos fuera de cualquier problema con la ley.

“No podemos hacer mucho más. Estamos en desventaja porque ellos siempre andan armados. Acá eso es un problema constante, los tipos ingresan con perros, ponen trampas y así. Sólo queda conversar”, explica Francisco Gascogne, administrador del parque desde 2009, quien además admite que lamentablemente el problema no es solamente con los vecinos.

 

Guanaco

“Acá en Chile los dueños de las estancias pagan 250 mil pesos por puma a los cazadores chilenos para proteger sus ganados. Nosotros en los patrullajes encontramos gente, pero ellos dicen que están perdidos o dan cualquier excusa, pero uno sabe en lo que andan. Además no se saca nada con denunciarlos, porque tendrían que estar con los animales muertos justo en el momento en que llegue Carabineros y eso se hace difícil; la Ley de Caza no es demasiado estricta”.

Si tener que lidiar con los cazadores ya es complicado para Gascogne o el guardaparques de turno, lo que ocurre en la pampa chilena con los contrabandistas es otra situación que está lejos de resolverse. “Por aquí entran personas desde Argentina, es difícil pillarlos porque lo hacen de noche y es cosa de que se tiren al suelo y ya es muy difícil verlos. Y cuando encontramos gente, de nuevo, no tenemos autoridad para mucho más. Pasan relojes, cigarros, incluso droga yo creo”, cuenta un resignado Gascogne.

En este parque escondido, ubicado a 196 kilómetros de Punta Arenas y donde siempre hay más animales que seres humanos, los delitos no logran opacar lo que pasa en el día. Son cinco mil hectáreas de una equilibrada mezcla entre estepa, escoria volcánica, lagunas, cuevas y antiguos cráteres que, previo a la aparición de la famosa Cueva del Milodón, eran visitadas por reconocidos arqueólogos y geólogos que buscaban en esos rincones la conexión con las panteras patagónicas, los tigres dientes de sable y las antiguas civilizaciones de tehuelches que habitaban la zona.

Eso era antes, hace algunos años. Ahora, a pesar que los senderos y recorridos instaurados por la Conaf invitan al visitante a trasladarse en el tiempo y ver cómo era todo cuando en el lugar aún hervían los volcanes, la atracción va por otro lado. Es muy raro ver en alguno de los otros 35 parques nacionales del país una cantidad de fauna como se observa en el Pali Aike.

Los libros-guías extranjeros y nacionales llenan las descripciones de las zonas protegidas del país con nombres de mamíferos que jamás serán vistos ni escuchados. Con suerte aparecen los guanacos, uno que otro zorro y si se anda en uno de esos días únicos aparecerá un pudú que al sólo mirarlo huirá a los brincos. En el Pali Aike es diferente. La geografía plana del lugar no da espacio para demasiados escondites más que el camuflaje.
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Ahí los esqueletos de guanacos están a plena vista y los cadáveres más frescos son disfrutados por zorros o aves de rapiña que se alimentan de las sobras del puma. Los chingues o zorrillos, los armadillos, las águilas y los ñandúes no son literatura. Se puede caminar cerca de ellos, fotografiarlos con la luna de fondo y el paisaje rojizo que toma la pampa al atardecer.

Se puede caminar por los comederos de pumas –obviamente tomando el resguardo de que el felino no esté ahí- y jugar a adivinar de qué mamífero son los huesos o los cráneos.

Es la naturaleza en estado real y sin pagar los miles de dólares que cuesta salir a África; son mil pesos la entrada y el silencio necesario en un parque que en 2014 no alcanzó a recibir dos mil visitas. Un desconocido safari hecho en Chile que se ve amenazado por la escasa protección de las autoridades hacia una práctica humana igual o más salvaje que los animales del Pali Aike.

Noticia original en EMOL

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